La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas.
La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.
La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible:
A veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.
Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraíso ni amores deshojados:
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.
La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.
Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre.
El vino del estío
– Tom –dijo Douglas–, prométeme algo, ¿sí?
– Prometido, ¿qué es?
– Eres mi hermano y te odio a veces, pero no te separes de mí, ¿eh?
– ¿Me dejarás entonces que ande contigo y los mayores?
– Bueno... sí... aun eso. Quiero decirte que no desaparezcas, ¿eh? No dejes que te atropelle un coche y no te caigas por un precipicio.
– ¡Claro que no! ¿Por quién me tomas?
– Y si ocurre lo peor, y los dos llegamos a ser realmente viejos, de cuarenta o cuarenta y cinco años, podemos comprar una mina de oro en el Oeste, y quedarnos allí, y fumar y tener barba.
– ¡Tener barba, Dios!
– Como te digo. No te separes y que no te pase nada.
– Confía en mí.
– No me preocupas tú –dijo Douglas–, sino el modo como Dios gobierna el mundo.
Tom pensó un momento.
– Bueno, Doug –dijo–, hace lo que puede.
Ray Bradbury, El vino del estío (Green Town)
– Prometido, ¿qué es?
– Eres mi hermano y te odio a veces, pero no te separes de mí, ¿eh?
– ¿Me dejarás entonces que ande contigo y los mayores?
– Bueno... sí... aun eso. Quiero decirte que no desaparezcas, ¿eh? No dejes que te atropelle un coche y no te caigas por un precipicio.
– ¡Claro que no! ¿Por quién me tomas?
– Y si ocurre lo peor, y los dos llegamos a ser realmente viejos, de cuarenta o cuarenta y cinco años, podemos comprar una mina de oro en el Oeste, y quedarnos allí, y fumar y tener barba.
– ¡Tener barba, Dios!
– Como te digo. No te separes y que no te pase nada.
– Confía en mí.
– No me preocupas tú –dijo Douglas–, sino el modo como Dios gobierna el mundo.
Tom pensó un momento.
– Bueno, Doug –dijo–, hace lo que puede.
Ray Bradbury, El vino del estío (Green Town)
Nacidos en tiempos difíciles
Aunque deberíamos, no nos sentimos apenas orgullosos u honrados de haber nacido en nuestro momento; tiempos de cambio de marchas, de acelerar sin dudar dejando una profunda humareda detrás; tiempos de bonanza material, siempre en el bando correcto, claro, en un espacio idóneo, libres -de ausencia, no de libertad- de guerras, de hambrunas y pestes. Nacimos sobre el tobogán.
Y sin embargo, o muy a pesar, nos libramos o nos perdimos la subida a la cima, no arrancamos cada paso a cada peldaño con nuestro esfuerzo, no sudamos ese gran premio que se deleita en la cúspide del tobogán. Así que allí nacimos, en la mejor posición, sin echar nada en falta pero vacíos por dentro, perdidos.
Delante de la rampa, un acelerado sinsentido difícil de apreciar, detrás, las escaleras, y una respuesta obvia: a dejarse llevar. No obstante, antes sería bueno bajar las escaleras y volver a subirlas.
Y sin embargo, o muy a pesar, nos libramos o nos perdimos la subida a la cima, no arrancamos cada paso a cada peldaño con nuestro esfuerzo, no sudamos ese gran premio que se deleita en la cúspide del tobogán. Así que allí nacimos, en la mejor posición, sin echar nada en falta pero vacíos por dentro, perdidos.
Delante de la rampa, un acelerado sinsentido difícil de apreciar, detrás, las escaleras, y una respuesta obvia: a dejarse llevar. No obstante, antes sería bueno bajar las escaleras y volver a subirlas.
Un dia d'aquests m'hauré d'ordenar, estic avisat. No fer ordre, moure les coses de lloc mentre cantussejo, no, ordenar ben ordenat.
És molt fàcil rentar els plats, o canviar les coses de lloc, o treure la pols. Però no és el mateix canviar les coses de lloc que posar-les al seu lloc, que només és un, i abans s'ha de trobar.
És a dir, primer m'he de trobar, després ordenar-me posant-me al meu lloc, i després? Què vindrà després? No ho sé, ja pensarem.
Tothom ho hauria de provar alguna vegada, o potser no, pot resultar molt perillós.
És molt fàcil rentar els plats, o canviar les coses de lloc, o treure la pols. Però no és el mateix canviar les coses de lloc que posar-les al seu lloc, que només és un, i abans s'ha de trobar.
És a dir, primer m'he de trobar, després ordenar-me posant-me al meu lloc, i després? Què vindrà després? No ho sé, ja pensarem.
Tothom ho hauria de provar alguna vegada, o potser no, pot resultar molt perillós.
mil moviments distants
Amb una bufada, un cop de vent aparentment fortuït (res més lluny de la veritat), les peces del trencaclosques volen, s’escampen, s’allunyen. Uns dits prims i capritxosos, mica en mica, juganers però pausats, van desempolsant aquelles peces que de llunyanes restaren oblidades, i els troben la seva peça veïna, el seu lloc entre les peces...i poc a poc, com més gustós resulta, la antiga imatge del trencaclosques que sempre perseguim tornarà a endevinar-se entre la boira. Fins la pròxima ventada, la pròxima parada.
A palabras necias, oídos sordos
Me cansé de gritar a los cuatro vientos que no tenía ganas, que quería que todos me dejaran en paz, que deseaba que el mundo me olvidara y la tierra me tragara.
Nadie me hizo caso, todos me ignoraron, pues sabían más bien que yo que nada de lo que decía era cierto, todos se creían muy listos y seguros. Me ignoraron pero sin olvido, manteniéndome maniatado al límite de la existencia, sufriendo de esa agónica invisibilidad que sus ególatras ojos sólo alcanzaban a atravesar para no chocar conmigo, nada más. Sin embargo, nadie ayudó, ninguno de ellos –tantos como piedras, malditas y bastardas– se acercó a echarme una sola mano de apoyo, ¿o quizá sí y en mi ceguera no lo pude ver?
No lo sé, no sé nada, sigo sin entenderlo.
Ahora, con la voz ronca de gritar en silencio, con callos y cortes de intentar agarrarme al viento, con la vista perdida de otear horizontes, me siento, me tumbo, me acurruco en el suelo sobre el frío de la nada, ni tan solo con desgana. Pues ya ningún deseo me queda para pedir porque todos fueron consumidos con la egocéntrica adulación a mi desgracia, que aún no era desgracia. Era soledad compartida.
Millones de nosotros gritamos solos en nuestras habitaciones internas, invisibles a los oídos de los demás, ciegos también a sus gritos, crecidos y empequeñecidos por nuestra ilusoria singularidad. Y lloramos por nosotros pero no por ellos, aún cuando ellos son tan nosotros o más de lo que podemos ser, y mordemos y maldecimos sus conciencias por el olvido que nos forjamos, y los odiamos a ellos porque son como nosotros; porque no miran hacia los demás, porque no tienden sus manos a quien en egoísta silencio las solicita, porque no entienden de porqués más allá de ellos mismos, ¡si son nuestro vivo reflejo!
Y volveré a gritar mil veces en silencio y nadie me oirá, y en la habitación adyacente otro yo ajeno a mí hará lo mismo y yo lo ignoraré, y en la de más allá nadie gritará con todos sus fuerzas y todos lo ignoraremos. Y aun cuando las paredes caigan entre nosotros seguiremos sin escucharnos, pues nuevos muros habremos levantado.
Nadie me hizo caso, todos me ignoraron, pues sabían más bien que yo que nada de lo que decía era cierto, todos se creían muy listos y seguros. Me ignoraron pero sin olvido, manteniéndome maniatado al límite de la existencia, sufriendo de esa agónica invisibilidad que sus ególatras ojos sólo alcanzaban a atravesar para no chocar conmigo, nada más. Sin embargo, nadie ayudó, ninguno de ellos –tantos como piedras, malditas y bastardas– se acercó a echarme una sola mano de apoyo, ¿o quizá sí y en mi ceguera no lo pude ver?
No lo sé, no sé nada, sigo sin entenderlo.
Ahora, con la voz ronca de gritar en silencio, con callos y cortes de intentar agarrarme al viento, con la vista perdida de otear horizontes, me siento, me tumbo, me acurruco en el suelo sobre el frío de la nada, ni tan solo con desgana. Pues ya ningún deseo me queda para pedir porque todos fueron consumidos con la egocéntrica adulación a mi desgracia, que aún no era desgracia. Era soledad compartida.
Millones de nosotros gritamos solos en nuestras habitaciones internas, invisibles a los oídos de los demás, ciegos también a sus gritos, crecidos y empequeñecidos por nuestra ilusoria singularidad. Y lloramos por nosotros pero no por ellos, aún cuando ellos son tan nosotros o más de lo que podemos ser, y mordemos y maldecimos sus conciencias por el olvido que nos forjamos, y los odiamos a ellos porque son como nosotros; porque no miran hacia los demás, porque no tienden sus manos a quien en egoísta silencio las solicita, porque no entienden de porqués más allá de ellos mismos, ¡si son nuestro vivo reflejo!
Y volveré a gritar mil veces en silencio y nadie me oirá, y en la habitación adyacente otro yo ajeno a mí hará lo mismo y yo lo ignoraré, y en la de más allá nadie gritará con todos sus fuerzas y todos lo ignoraremos. Y aun cuando las paredes caigan entre nosotros seguiremos sin escucharnos, pues nuevos muros habremos levantado.
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