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La poesía para los poetas

Hace un tiempo, sentía la primavera en mis venas y deseaba escribir la poesía. Sin embargo, era demasiado tímido para hablar sobre mí, para escribir sobre lo que yo miraba. No fuera a darse el caso de que alguien, tal vez por casualidad, viese en mi mirada un espejo que revelara mi verdad. Hace un tiempo, ya tenía miedo de aquellas verdades ocultas que todavía desconocía, esas siluetas de secretos que teñían las paredes de mis cuevas.

Por aquel entonces me era imposible escribir poéticamente, pero insistía yo en ser poeta porque sentía la primavera en mí. Trataba una y otra vez de juntar palabras coincidentes, tan diversas y mal hermanas como pan, afán, patán y zaguán. Así me veía yo, como un patán, entrando en casa ajena con afán, pero sin atrever a cruzar el zaguán y mucho menos tocar el pan. No entendía que faltaba, porque lo quería contar todo sin tener que explicar nada, así como cualquiera desea de un amante.

Desde hace un corto trecho, de ahí para acá, me he ido dando cuenta de algunas cosas, aunque no tantas como para estar de vuelta. Y de entre esas pocas cosas he comprendido que para poder comunicar hay que querer decir algo. Y ahí ya llegarán las olas y los mares, y la primavera florecerá, o no, y las corrientes de los vientos te levantarán o pegarán al suelo.

Mirad por donde, que las cosas más sencillas, a menudo, se suelen obviar. Aunque tranquilos, eso no cambia nada, sigo sin querer contarme ninguna verdad. Por ahora, las olas son mayores que mi humilde barca.

¿Sábanas o zumos?


Cuán gustoso placer me produce estar vivo,
con especial singularidad los días que sí que estoy vivo.
Acostarme en una cama que es como hierba virgen
y me cubre con sábanas dulces, frescas y tiernas.
Caigo entonces en este precioso placer diario
y me extraño por reconocerlo tan pocas veces.

Es que una misma escena puede ser agria o suave,
igual que una sábana o un zumo de naranja.
Como la diferencia entre beber coca-cola
y beber cualquier cosa, por ejemplo, coca-cola.
Mientras unas noches duermo, otras las descanso
y la mayoría de ellas tan sólo las paso, solo.

Distingue acostarse a las nueve de la mañana
que aceptar la derrota a las nueve de la mañana,
cuando las horas ya han perdido su sentido
y el sueño parece no depender de nada ni nadie.
Pueden sucederse los días sin que se sucedan
o pueden poder las cosas y seguir sin ser realmente.

Pero igual sucede que es lo mismo ser lo mismo
y uno mismo se atreve a decir cuánto gusto
cuando en verdad está bebiendo zumo de naranja frío,
o tal vez bebiera coca-cola o fumara un cigarro,
y sigue rehuyendo las sábanas porque sabe
que ni resultan suaves ni el tiempo tiene sentido.

Así puede encontrarse, si lo precisa la suerte,
a cualquiera de nosotros, alguna mala noche,
fumando u oyendo música repetitivamente,
o bebiendo y escribiendo de igual manera.
Podrá perdonarse, en tal caso, el deseo insano
de juntar tres o más palabras y colárselas a cualquiera.

Corrientes de aire y rostros al vuelo

Una noche de éstas –poco importa que fuera hoy mismo que hace una o dos semanas– soñé con aire. No con viento, ni con nubes ni con cielo, sólo con aire. Soñé con habitaciones, pasillos, compartimentos estancos para mí pero no para el aire. Puertas y ventanas abiertas de par en par, y contadas también por pares, que para mí eran sólo fronteras, siempre cerradas. Umbrales oscuros, muros invisibles se mostraban terroríficos ante mí, y de ellos manaba el aire en fuertes corrientes. Oleadas de aire cálido me helaban, traspasando ropa y piel por igual, un grueso plumón que parecía una sencilla sábana en invierno intentaba esconderme del aire oscuro. Temeroso me encogía bajo las mantas de la cama pero el aire, que no era especialmente frío, me alcanzaba donde quiera que fuera y me robaba el calor a punta de cuchillo, un cuchillo de hoja helada brillando bajo la luna en plena mañana.
Y alrededor de mi cama, eso era lo peor, arrastrados por la corriente navegaban ellos, los rostros. Caras suplicantes conocidas y ajenas flotaban a la deriva, lanzados con fuerza de una habitación a otra, a través de pasillos helados y entre gemidos heladores. Rostros sin cuerpo que con manos invisibles se aferraban a mi corazón como quién agarra su vida a un escollo, empujados por la corriente de un río bravo. Pero yo no era una roca, yo no vivía en el lecho de un río impasiblemente. Yo era yo, con un corazón que pasaba frío, por el aire, la corriente y las manos heladas, y qué decir de las caras suplicantes.

El calor con agua hace verano

Calor asfixiante, jadeo, sudor indolente, aplatanamiento.
Latidos sordos, muy lentos, muy vagos.
Todo cuerpo y materia más allá de la piel se transmuta en viscosa cinta adhesiva.
Marcada irritación, la ropa asemeja papel de lijar.
Todo discurre lento, sin energías.
Toda fuerza resulta instantáneamente evaporada por el calor, sofocante.
Cerrar los párpados, pesados de exudación, e imaginar una sutil corriente de aire. Ligera como el ensueño mismo.
La menta embotada, poco a poco, intenta recrear el sonido el agua al fluir. Un pequeño río brota del cielo de yeso, baja en una pequeña cascada junto a la pared y rodea tu cuerpo arrodillado formando un meandro. Apenas a dos palmos de tus pies corre el agua de nuevo, liviana y fresca, húmeda y vigorosa.

El calor con agua hace verano, el calor solo tan sólo hace infierno.

Una madeja sin cuenda

Una madeja sin cuenda, un dios algo cansado, necesitado de sueño, o de sueños. Una respuesta absurda a otra pregunta no formulada, más absurda aún. Se mueve a tu lado, camina, la mayoría de veces salta, mira, habla, grita, muerde y vuelve a saltar, y de pronto, sólo camina, sin saltitos, sin mordiscos, con una pereza que le brota de tan adentro que no es suya, de tan íntima y desconocida. Y no sabe, y tú tampoco sabes, aunque lo sepas.
Y mañana lloverá, y las brumas y nieblas grises se levantarán de nuevo, briznas de incomprensión tejerán nuevas paredes y muros, y de nuevo el jardinero se levantará temprano para podar. Pero no podará, porque la niebla no puede cortarse con ningún filo material.
Así que el tiempo irá pasando, entre los dedos como arena de vacaciones, como el tiempo que se va mientras lo miras, mientras lo sueñas, mientras intentas ordenarlo, y de pronto habrá pasado. Y un buen día la luna volverá a bajar a la tierra para saltar entre la hierba verde y la arena de la playa, reunirá a sus consortes de nuevo y darán unas nuevas mil vueltas al mundo, hasta el principio de todo, donde la niebla vuelve a nacer y los pespuntes se deshacen.
Un dia d'aquests m'hauré d'ordenar, estic avisat. No fer ordre, moure les coses de lloc mentre cantussejo, no, ordenar ben ordenat.

És molt fàcil rentar els plats, o canviar les coses de lloc, o treure la pols. Però no és el mateix canviar les coses de lloc que posar-les al seu lloc, que només és un, i abans s'ha de trobar.

És a dir, primer m'he de trobar, després ordenar-me posant-me al meu lloc, i després? Què vindrà després? No ho sé, ja pensarem.


Tothom ho hauria de provar alguna vegada, o potser no, pot resultar molt perillós.

A palabras necias, oídos sordos

Me cansé de gritar a los cuatro vientos que no tenía ganas, que quería que todos me dejaran en paz, que deseaba que el mundo me olvidara y la tierra me tragara.
Nadie me hizo caso, todos me ignoraron, pues sabían más bien que yo que nada de lo que decía era cierto, todos se creían muy listos y seguros. Me ignoraron pero sin olvido, manteniéndome maniatado al límite de la existencia, sufriendo de esa agónica invisibilidad que sus ególatras ojos sólo alcanzaban a atravesar para no chocar conmigo, nada más. Sin embargo, nadie ayudó, ninguno de ellos –tantos como piedras, malditas y bastardas– se acercó a echarme una sola mano de apoyo, ¿o quizá sí y en mi ceguera no lo pude ver?
No lo sé, no sé nada, sigo sin entenderlo.

Ahora, con la voz ronca de gritar en silencio, con callos y cortes de intentar agarrarme al viento, con la vista perdida de otear horizontes, me siento, me tumbo, me acurruco en el suelo sobre el frío de la nada, ni tan solo con desgana. Pues ya ningún deseo me queda para pedir porque todos fueron consumidos con la egocéntrica adulación a mi desgracia, que aún no era desgracia. Era soledad compartida.

Millones de nosotros gritamos solos en nuestras habitaciones internas, invisibles a los oídos de los demás, ciegos también a sus gritos, crecidos y empequeñecidos por nuestra ilusoria singularidad. Y lloramos por nosotros pero no por ellos, aún cuando ellos son tan nosotros o más de lo que podemos ser, y mordemos y maldecimos sus conciencias por el olvido que nos forjamos, y los odiamos a ellos porque son como nosotros; porque no miran hacia los demás, porque no tienden sus manos a quien en egoísta silencio las solicita, porque no entienden de porqués más allá de ellos mismos, ¡si son nuestro vivo reflejo!

Y volveré a gritar mil veces en silencio y nadie me oirá, y en la habitación adyacente otro yo ajeno a mí hará lo mismo y yo lo ignoraré, y en la de más allá nadie gritará con todos sus fuerzas y todos lo ignoraremos. Y aun cuando las paredes caigan entre nosotros seguiremos sin escucharnos, pues nuevos muros habremos levantado.

Adéu per sempre, i a reveure

Avui he mort, de fet estic morint, em dessagno estés a la banyera, però no us en diré res. No ho sabreu pas fins d’aquí uns dies, potser setmanes. I qui sap com i qui em trobarà, ves a saber. M’agradaria estar-hi per veure-ho, viu vull dir. Però tan se val, no tindrà cap gràcia si hi sóc.
Com esteu? És una altra begenada preguntar-ho però la curiositat m’ha pogut. Qui anirà al meu velatori? Ha vingut algun dels meus amics? Ha faltat algun dels meus enemics? Tan se val, els perdono a tots. Em sap greu per als últims però, d’ara en endavant ja no podrem estar enemistats, i als primers, si algú es dóna per aludit, els donc el meu permís per dur el llast del meu record a les seves esquenes, i també els hi donc per deixar-lo a la vora del camí, no em fa res.
La meva vida s’apaga, però no us ha d’amoïnar, sóc jo qui està mort no vosaltres! Fins avui havia pensat en tantes frases célebres per deixar anar amb l’últim alè... però en aquest instant decisiu totes marxen del meu cap. És una llàstima que no tingui res important a dir-vos, m’agradaria despedir-me de tots i cadascun de vosaltres, individualment, però sou masses i alhora massa pocs així que, per a tots us deixo un “em sap greu, adéu”. Sabeu, només una sola cosa m’impedeix morir tranquil, no saber de quin color sortirà demà el sol.