Romeo no despiertes

Romeo despertó desnudo entre unas sábanas desconocidas. Una mano femenina, fina y delicada, acariciaba su torso con dulzura mientras una oscura y ondulada cabellera reposaba sobre su pecho. Su mirada se perdió por el techo, y rodó por las paredes de la habitación apreciando el delicado estuco, gozando de un despertar sensual y despreocupado.
Una cara apareció de repente de entre los negros cabellos y besó su pecho con amor.
– ¡¿Pero quién eres tú?! –gritó el sobresalto por la boca de Romeo, y éste huyó de la cama con un salto y se cubrió tirando de la sábana.
– Tú no eres Julieta – dijo incrédulo todavía, recorriendo con una mirada desesperada la habitación, buscando una respuesta lógica. La habitación le era completamente extraña, de una extrañeza y rareza sutil, pero absolutamente ajena. Un espejo reflejaba los cuerpos desnudos desde un tocador en la pared de enfrente, un biombo y algunas perchas guardaban sus ropajes y un retrato familiar cubría gran parte de una de las paredes, la opuesta al gran ventanal.
– ¿Quién demonios es Julieta? Empiezas a asustarme, Romeo – contestó la doncella sobre la cama, alcanzando una manta para cubrir su desnuda piel.
– Pero... entonces... – la incomprensión y la duda estaban asfixiándolo y retrocedió poco a poco hacia la ventana para coger aire.
Así fue como su vista se clavó de inmediato en el retrato de familia, concretamente en la imagen paternal que abrazaba a los hijos con autoridad, reflejaba su cara sin lugar a dudas, acompañada de dos pequeños niños y la mujer que aún lo miraba confusa en la misma habitación.
– No puede ser ¿Cómo pudo? ¿Cómo pude? – balbució Romeo al tiempo que sobrepasaba el punto de no retorno del alféizar de la ventana, desapareció engullido por la gravedad.

(Púrpura como un iris, Charles Bukowski)

Como dije, a veces me preguntaba por qué Bobby estaba allí. Era normal en casi todas las áreas de conducta, sólo tenía una cosita: de vez en cuando, se levantaba y se metía las manos en los bolsillos y alzaba mucho las perneras de los pantalones y andaba ocho o diez pasos soltando un torpe silbidillo. Una especie de melodía que tenía en la cabeza. No era musical. Era una especie de melodía, siempre la misma. Duraba sólo unos segundos. Eso era lo único que el pasaba a Bobby. Pero seguía haciéndolo entre veinte y treinta veces al día. Yo al verlo, al principio, creí que bromeaba y pensé, vaya, que tío más simpático y agradable. Luego, más tarde, te dabas cuenta de que tenía que hacerlo.

Corren...

Esclaus del temps, amos d’un món fiat;
trampejant l’esdevenir d’un somni aliè, el futur es perd, s’escola entre els dits com la sorra fina d’una platja llunyana d’encisos i colors.

I de tant en tant, sempre de tant en tant,
el gaudir en màxim esplendor, filament d’èxtasi per flors perennes brindat, ens arriba un dia més, però un dia sol, per sempre tan sols.

Un demà somiat en clar, brom passat i amb mig esclat oblidat. Ai ai, ahir.

Però les manetes corren cada vegada més, velocitat lluminosa, i les meves mans bordes no poden compassar-s’hi.



Fuig de mi el món, sempre tan veloç però mai pel camí encertat.

INhumana INfinidad

No son más que locuras de un atávico Dios platónico pretender humanizar el mundo de manera natural.

¿Si lo humano es natural, vivimos en un mundo natural? Lo dudo, lo inhumano, en todo caso, es lo que ahora llamamos humano por un puro error epistemológico, pues no podemos tolerar como natural la existencia actual sin descubrir como falso la divinidad de nuestro Platón. Sin embargo la locura del argumento y de la misma concepción altera el lecho de la razón antes si quiera de aposentarse en nuestra concepción. Y así, sin concepción inmaculada, eterna ni impoluta, desposeemos la creencia de lo irracional de todo raciocinio por puro miedo. Sí cobardes, ¡miedo!

¿Qué es ahora nuestra tela de juicio si no un estropajo lleno de prejuicios? Una burda mosquitera para protegernos de la temida mordedura de la muerte, la oscuridad y lo infinito. ¿Pero qué cojones es ese infinito más que la negrura absoluta de la incertidumbre? Nada más amigos, nada más. Lo infinito es tan grande como pequeño, tan microscópico como inconmensurable y tan inconcebible como sólo él mismo. Y de tan pequeño se cuela en nuestras casas por cualquier rendija abierta, y de tan grande nos ahoga dejándonos sin espacio, hasta llegar el momento que tanta opresión no te permite levantar la cabeza y allí restarás, sudando en tu cama, sin poderte levantar.

¿Y para qué nos sirve nuestra algarabía de inhumanidades, para hacernos más humanos o más inhumanos? Aquí, y ante su fin, cada uno sabrá. De momento, yo voy descubriendo mi parte, no lleguéis tarde a descubrir la vuestra, que el verde nos sienta bien pero es mejor a ras de piel.

Dios también coge el metro

Hoy he visto a Dios de viaje en el metro,
para quien me crea ¡el tipo era negro!
También era negra su chupa de cuero
y su cara tapaba un ancho sombrero.

Un cura lo vio al subirse al metro,
su cara miró y no pudo creerlo,
la vista bajó, negándose a verlo.
Pero Él era Dios, tuvo que saberlo.

Hoy he visto a Dios viajando en el metro
y aunque no me crean el tipo era negro.
A las viejecitas cedía su asiento
y a un tipo gordo le rebajó el peso.

Él si que era Dios y no ése del clero,
pagó su billete y el de otro, contento.
Sin llevarlo, ante él me quito el sombrero.
Yo sé que Él es Dios y es en lo que creo.

Hola

Hola, hola, hola...

Hola, hola

Hola

hola...

hey

ei

a

Que tinguem sort

Comença el dia en un mar de suor i foscor, i continua en un desert de canonades avariades. Ets sola a casa excusant-te a l’excusat, traient-te un pes de sobre, i no hi ha paper. Amb constància arribes a la cuina per esmorzar i el cafè amb llet sense sucre decideix pintar la teva faldilla nova, la que haguessis estrenat avui i ara ja roman sobre unes calces brutes de cirera.

Al carrer, en bicicleta, un toll invisible però ple de fang t’esquitxa els baixos dels pantalons del segon plat. Tot i tacada, agrades als semàfors, t’estimen, s’enrojolen al teu pas, no en canvi al temps, que no vol passar un sol segon al teu costat i corre més veloç que la roda davantera, ara punxada, de la teva bicicleta.

Hora i mitja de retard, arribes a la universitat i la suor del matí ja ha eclipsat tot intent d’acondicionament. Rentat la cara sense mirar el mirall i entra a classe, a enfrontar els teus deu segons de glòria. Ara que ets el centre d’atenció, el temps fa les paus amb tu i et vol compensar. Són els deu segons més llargs de la teva vida, perduts de cadascun dels cent caps que es giren per veure què torba la seva rutina, ets el seu nou destorb. Tot i això, el món no canviarà les seves lleis naturals per tu, la terra no t’empassarà, no encara, et queden tres segons, dos, un, ja està.

Tornes a la invisibilitat, amagada a la darrera fila, sempre al final, sempre l’última. I allà esperaràs l’esdevenir del temps, el fluctuar de les hores, sense fer res, perquè cap dels dos bolígrafs que has dut funcionen i el típex ha rebentat dins la teva motxilla i ho ha empastifat tot, substituint la taca del iogurt de la setmana passada i el plàtan d’ahir.