The Invisible Man

A fora és tot una bogeria, pensa; se senten les bombes que no cauen de terribles avions, els tiroteigs se succeeixen entre silencis sense terror, el llum del foc es reflecteix a cada finestra, i les morts invisibles es fan visibles a l'altra banda de la via, riu avall.

I és moment de girar sobre un mateix, marejar-se tot veient el món passar a gran velocitat, potser d'aturar-se un breu instant per fer una cigarreta però de nou tornar a girar. I no poder veure món tot i abarcar una gran superfície de terra.

Un missatge escrit a l'aire xiuxiueja: "no és el moment d'esperar, és moment d'estudiar".

tuit tuuiiit

hola hi hi yuju ...

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i va fent, va fent...

Una madeja sin cuenda

Una madeja sin cuenda, un dios algo cansado, necesitado de sueño, o de sueños. Una respuesta absurda a otra pregunta no formulada, más absurda aún. Se mueve a tu lado, camina, la mayoría de veces salta, mira, habla, grita, muerde y vuelve a saltar, y de pronto, sólo camina, sin saltitos, sin mordiscos, con una pereza que le brota de tan adentro que no es suya, de tan íntima y desconocida. Y no sabe, y tú tampoco sabes, aunque lo sepas.
Y mañana lloverá, y las brumas y nieblas grises se levantarán de nuevo, briznas de incomprensión tejerán nuevas paredes y muros, y de nuevo el jardinero se levantará temprano para podar. Pero no podará, porque la niebla no puede cortarse con ningún filo material.
Así que el tiempo irá pasando, entre los dedos como arena de vacaciones, como el tiempo que se va mientras lo miras, mientras lo sueñas, mientras intentas ordenarlo, y de pronto habrá pasado. Y un buen día la luna volverá a bajar a la tierra para saltar entre la hierba verde y la arena de la playa, reunirá a sus consortes de nuevo y darán unas nuevas mil vueltas al mundo, hasta el principio de todo, donde la niebla vuelve a nacer y los pespuntes se deshacen.

La Aurora

La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas.

La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.

La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible:
A veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.

Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraíso ni amores deshojados:
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.

La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.
Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre.


El vino del estío

– Tom –dijo Douglas–, prométeme algo, ¿sí?
– Prometido, ¿qué es?
– Eres mi hermano y te odio a veces, pero no te separes de mí, ¿eh?
– ¿Me dejarás entonces que ande contigo y los mayores?
– Bueno... sí... aun eso. Quiero decirte que no desaparezcas, ¿eh? No dejes que te atropelle un coche y no te caigas por un precipicio.
– ¡Claro que no! ¿Por quién me tomas?
– Y si ocurre lo peor, y los dos llegamos a ser realmente viejos, de cuarenta o cuarenta y cinco años, podemos comprar una mina de oro en el Oeste, y quedarnos allí, y fumar y tener barba.
– ¡Tener barba, Dios!
– Como te digo. No te separes y que no te pase nada.
– Confía en mí.
– No me preocupas tú –dijo Douglas–, sino el modo como Dios gobierna el mundo.
Tom pensó un momento.
– Bueno, Doug –dijo–, hace lo que puede.

Ray Bradbury, El vino del estío (Green Town)

Nacidos en tiempos difíciles

Aunque deberíamos, no nos sentimos apenas orgullosos u honrados de haber nacido en nuestro momento; tiempos de cambio de marchas, de acelerar sin dudar dejando una profunda humareda detrás; tiempos de bonanza material, siempre en el bando correcto, claro, en un espacio idóneo, libres -de ausencia, no de libertad- de guerras, de hambrunas y pestes. Nacimos sobre el tobogán.

Y sin embargo, o muy a pesar, nos libramos o nos perdimos la subida a la cima, no arrancamos cada paso a cada peldaño con nuestro esfuerzo, no sudamos ese gran premio que se deleita en la cúspide del tobogán. Así que allí nacimos, en la mejor posición, sin echar nada en falta pero vacíos por dentro, perdidos.

Delante de la rampa, un acelerado sinsentido difícil de apreciar, detrás, las escaleras, y una respuesta obvia: a dejarse llevar. No obstante, antes sería bueno bajar las escaleras y volver a subirlas.
Sus ojos son dos girasoles,
sus mejillas pétalos de rosa,
su cuello y nuez son tulipanes,
y sus senos no son flor,
son rocío en terciopelo.